Historias de valientes

Me gusta madrugar. Más bien tengo esta costumbre desde hace años que me ayuda a mantener algo de serenidad, de calma, antes de enfrentarme al ruido ensordecedor que produce el mundo mientras roza constantemente contra las personas que lo habitan. Madrid a las seis de la mañana es un enorme lienzo oscuro donde poco a poco cada uno vamos pintando la vida con nuestro colores y en este lienzo los personajes van apareciendo lentamente para enseñarnos como se mueven todos los invisibles en una gran urbe.

Cada mañana al llegar a la puerta de la oficina en plena Gran Vía de Madrid, me encuentro con una mujer menuda que duerme en la calle entre mantas y cartones, guarecida de la lluvia con un par de paraguas abiertos que separan su cuerpo del cosmos; quizá espera que con eso el cielo no se desplome sobre su cabeza o lo que es más probable, intenta que sus pocas pertenencias y ella misma no terminen caladas y así no caer enferma. Apenas pasa de los treinta, pero su cara tiene todas y cada una de las cicatrices que deja el vivir en la calle todos los días y otras que parecen el recuerdo oscuro que la droga marca en la mirada de quién atrapó. Acompañada de una perrita tranquila, regordeta, pasa los días mendigando en el centro mismo de la ciudad, en el rompeolas de las españas. Un pequeño cartel nos avisa: “solo contamos con tu ayuda” y en ese plural recoge a su pequeña troupe animal, no sea que su sola indigencia no nos ablande suficientemente el corazón y no dejemos alguna moneda en su vaso de cartón del McDonald’s cercano. La conozco hace años, la veo dormida cuando llego, tocando la flauta cuando salgo de trabajar y repitiendo el ciclo de la supervivencia una y otra vez. No sé su historia, por qué ha llegado a esta acera y qué motivos la atan para no poder deshacerse de lo que a mi me parece una condena; no he hablado con ella y mi vergüenza me impide dar el paso que me acerque a lo que seguramente es un acto de valentía diario, resistiendo a pecho descubierto entre la indiferencia de los turistas y habitantes del extrarradio que buscan en el Primark la última ganga que habrá cosido una mujer o una niña en un país lejano, por un sueldo de miseria, en unas condiciones que no queremos ver, que no sabemos mirar. La calle en soledad es dura y la noche da miedo, pero ella duerme al raso protegida por dos paraguas de un cielo que amenaza su precaria existencia.

Cada mañana, al lado de esta valiente, unas muchachas que no parecen haber pasado la edad de los veinticinco, fuman un cigarro, abrazadas a sí mismas, tiritando, antes de descargar el camión que repone las ventas de ayer en el comercio de una multinacional donde trabajan. Es aun de noche, apenas las 7 de la mañana en la entrada trasera del rutilante comercio y ellas han comenzado una jornada que terminará, seguramente, al final de la tarde o incluso entrada la noche. No sé su historia y nunca he hablado con ellas, pero ya sé que que han aprendido a ser valientes en un trabajo que empieza acarreando cajas, continua sonriendo amables a los clientes y termina rindiendo cuentas a un encargado, este sí, un hombre, sobre las ventas conseguidas. Luego la vuelta a casa con las piernas endurecidas y doloridas de estar de pie horas y horas.

Cada mañana entro en el edificio donde trabajo y me encuentro con las mujeres que friegan escaleras y ascensores o limpian los servicios para que nos parezca que estamos en nuestra propia casa. Con sus uniformes azules y sus zapatillas deportivas, son un grupo heterogéneo jóvenes y otras no tanto, españolas y extranjeras, morenas y casi rubias, porque no se puede ir todas las semanas a la peluquería, altas y bajas, al fin, mujeres que charlan entre guantes de plástico, líquidos de limpieza, bayetas y escobas que ordenan cuidadosamente en un carrito, para poder empujarlo por todo el edificio, Les oigo hablar con un cansancio reiterado de los problemas del cercanías que hoy, otra vez, se ha parado en Villaverde, porque ellas viven muy lejos de este bonito centro de Madrid. La mayoría alquilan viviendas en los pueblos del sur y madrugan mucho para poder empezar tan temprano; hablan de las enfermedades de los hijos y la dificultad para llevarles al médico sin perder la jornada, se ríen mientras comentan el último reality de la tele que ayer mismo tuvo un desenlace espectacular. Cada mañana les saludo tan amable como puedo y ellas me devuelven la sonrisa saludándome con una voz ronca, quebrada, que habla por si sola del temple con el que estas mujeres afrontan la vida diaria. No sé su historia, no sé sus nombres, pero su voz rota por el tabaco me sugiere una vida que no ha crecido entre los deseos y la felicidad, sino más bien sobre una lucha por cada una de las parcelas que han conseguido conquistar, peleando por una familia que posiblemente les tiene a ellas al frente de la economía y muy seguramente de los cuidados de mayores y niños, sin más ayuda que su coraje, su capacidad de reponerse del dolor de espalda y de las manos agrietadas por los químicos, con un futuro que no tiene pinta de que vaya a mejorar. Son mujeres valientes, casi invisibles, tenaces. Su voz les delata.

Cada mañana me cruzo con muchas mujeres valientes, pero no las conozco, sé que están ahí porque el mundo se mantiene en pie aunque roce constantemente contra las personas que lo habitan, sé que no las veo porque llevan muchos años siendo invisibles, sin nombre, meticulosamente ocultadas a los ojos de todos, pero sé que son valientes porque no han dejado de hacerlo nunca: sobrevivir.