Intelectuales modernos

Cuando vivía en Madrid y me veía obligado a utilizar el metro con frecuencia, solía jugar a intentar colocarle a los viajeros de mi vagón una historia. Seguro que lo has hecho alguna vez, imaginar si esa muchacha es una cajera del  Maxcoop o una estudiante de filología. Fijarme en las manos del hombre de aspecto bruto y saber si es albañil o calderero. Es divertido y sencillo, entre otras cosas, porque el juego no tiene premio ni castigo, salvo muy contadas excepciones, nunca supe si mi pronóstico era correcto, o si por el contrario era el antiguo proverbio «las apariencias engañan» el que se llevaba una vez más el gato al agua. Más tarde he sabido de la navaja de Ockham y su principio de parsimonia o como me gusta decir a mi, si vuela y hace ¡cuá! es un pato. Sigo mirando a la gente e imaginando qué son, qué piensan, qué sienten y como quiera que soy más viejo, mucho más que cuando viajaba en metro, tengo por seguro que acierto más, cada vez más y más.

Ahora viajo en twitter, o como mucho voy de blog en blog como una moderna abeja electrónica y ya no me puedo fijar en las callosidades, la indumentaria, los rasgos evidentes del oficio, o los que caracterizan a la tribu a la que cada uno nos asimilamos; no sé si lleva falda larga con colores a lo hippie o un polo con el cuello ribeteado con los colores de la bandera nacional. Pero si bien algunos sostienen que uno es lo que come, yo soy más de la opinión que uno es lo que escribe, me decanto más por el culo que por la boca.

Me he especializado, ya no busco saber qué es, ahora el juego consiste en descubrir al intelectual. Tengo que aclarar que no me refiero al tipo de intelectual que apoyó, que hoy apoyaría la libertad de Dreyfus, sino más bien de su derivado moderno, que por regla general está algo menos interesado en el análisis crítico de la realidad y más en su posicionamiento en los buscadores o en el recuento avaricioso de followers.

Seguro que lo has hecho alguna vez. Seguro que has leído ese post cargado de simbolismo, de excentricidad, de referencias exquisitas y durante un tiempo, unos instantes, lo que tarda en irse todo al carajo, has tenido la sensación de envidia. ¡Hay que joderse que cultura tiene el tipo! y seguro que un instante después, al releer con detenimiento, al cambiar la posición de la espalda en la silla te has dado cuenta del engaño, has comprendido que te encontrabas ni más ni menos que ante el INTELECTUAL MODERNO.

No hay reglas fijas que permitan descubrir al impostor; cada maestrillo tiene su librillo en esto de la caza y yo con las idas y venidas por los andurriales de Cisco, he ido apuntando en mi cuaderno de campo algunos de los rasgos más comunes, lo más fenotípico de la especie, para poder cazarle antes de que me envenene mis sueños.

El intelectual moderno ve televisión pero cualquier referencia a lo que ve, tiene connotaciones cinematográficas. Las series son su fuerte y muchos las usan de manera paradigmática. Cuando hablo de series, no me refiero a las que vemos la mayoría de los seres mortales, me refiero a series norteamericanas que se encuadran con una facilidad sospechosa en la categoría de la mejor serie de la historia. No las busques, en España no se ven o tienen tan poco seguimiento que son retiradas de la parrilla de programación al poco tiempo. Sus fuentes son la HBO, desde luego en versión original y la descarga directa. Sospecha si las referencias son Mad Men, The Wire o los Sopranos. El resto de la TV es basura y consumo.

El intelectual moderno es tremendamente crítico con el Poder, perdón, con el gobierno de turno y con el partido que le sostiene. Ojo con esta norma que es resbaladiza. La crítica del espécimen tiene que ver más con las formas y menos con lo estructural. Se critica a quien gobierna, pero no al sistema. No hablamos de una crítica estructural si no más bien de la parte cosmética, lo que le suele hacer muy popular a pesar de interesarse más por Baltimore que por Zamora.

La popularidad es muy importante y es por lo cual el intelectual moderno sopesa mucho cuanto ha de poner de sublime y cuanto de la parte de Parla. Criticar los modelos políticos de izquierda de América del Sur es moderno, poner el énfasis en el aumento de la desigualdad está obsoleto. El intelectual moderno huye como despavorido de cualquier error que pudiera comprometerle en una idea que fuera realmente subversiva del sistema y con ese espíritu rebelde y rompedor que le caracteriza, vive bien en instituciones públicas amparadas por partidos liberales y de derechas. Vive del sistema y lo hace de puta madre, a través de una enorme editorial que lo cuida y lo distribuye, de las regalías que reúne, de sus colaboraciones interesadas en cuantos foros se quiera escuchar su voz, ya sea hablando de lo divino, de lo humano o de los confines de la galaxia, de la participación en vetustas instituciones académicas propias del XIX, de los premios de carácter artístico que le son otorgados de cuando en vez, de las adaptaciones cinematográficas de sus libros, de sus conferencias magistrales, de sus doctorados honoris causa, de los enormes sueldos que esos mismos partidos políticos a los que critica le proporcionan para dar relumbrón a sus operaciones inmobiliarias disfrazadas de actos culturales. El intelectual moderno suele ser un bon vivant, en esto sí, de un clasicismo que te cagas.

No sé si por oposición o por pura casualidad en contra de lo que era antes habitual ninguno de ellos proviene del campo científico, ni médicos, ni físicos, ni biólogos, ni matemáticos y en lo tocante a la música les cae bien decir a todo el que se lo quiera oír, que no hay nada como un buen disco de Jazz o de flamenco. La querencia por algunas raíces que se muestran apartadas por la invasión de lo políticamente correcto es marca de la casa. Algunos incluso descubren como una revelación íntima en alguna entrevista muy, muy personal, su amor por el fútbol, aunque nadie les haya visto nunca en el fondo sur de ningún estadio y cada día se lleva más un aire castúo y racial, esencial en lo patrio.

El intelectual moderno está enfadado, considera el humor un producto propio de personas sin preparación e incapaces de ver lo que realmente pasa. No se ríe, pero no llora.

Viajar mucho, o haberlo hecho, vanagloriarse de ello, tener costumbres de fuera, hacer notar que se estuvo allí, decorar tu casa de manera que parezca trasplantada. El intelectual moderno no es religioso, pero adora ese misticismo asiático que se manifiesta en un sashimi (presta atención que no he escrito sushi y ten en cuenta que si no sabes la diferencia demuestras una enorme discapacidad).

El intelectual moderno es impermeable, nada le mancha, ni le cambia, tiene criterios firmes y los mantiene de manera vehemente, pero bueno, esta norma no distingue mucho del común de los mortales, así que la doy por no dicha, aunque la dejo escrita por si alguien la pudiera usar.

El intelectual moderno tiende a ser idiota. Idiota en ese sentido que le damos en los barrios, tonto de baba, creído, no sé como explicarlo sin insultar mucho. El intelectual moderno es un mal compañero de camareta, un engorro en el refugio, un pesado del 14.

Pero puede que todo esto no sea suficiente o sea equívoco y detrás de alguna o de todas las reglas que te he contado se esconda un buen escritor, un cineasta genial, un escultor comprometido, un arquitecto revolucionario, un cantante sensible o una persona que merezca la pena y que sin embargo y gracias a mi mala leche y envidia, caiga en la categoría inadecuada. La prueba del algodón requiere un poco más de esfuerzo y algo de física imaginativa: si alguna vez dudas de todo lo anterior, imagina que todo lo escrito, lo dicho, lo cantado, lo fotografiado, lo bailado, lo esculpido por el supuesto intelectual se sublimara en un tris tras. Piensa entonces en el día de hoy y cómo la desaparición de su vasta obra ha influenciado lo que pasa y si la realidad no se mueve un milímetro, si el resultado se aproxima al cero absoluto, a la nada cósmica a una mierda como una piedra, puedes tener la seguridad de encontrarte ante un verdadero intelectual moderno.

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