Hipócritas

Una idea muy socorrida es la de «ser uno mismo». Ahora no recuerdo la filiación o es que como todas las tonterías tiene un cierto aire de idea criada sin padre. Tanto da, una vez más como diría el cursi del Principito «lo importante está en le interior», en la falacia que encierra para muchos. Yo es que soy así… dicen todos los estultos concursantes de los mil y un programas de telerealidad cuando acaban de hacer una putada del catorce o se han tirado un pedo a cámara. Ser uno mismo, ser natural tiene aire de verdad.

Los griegos llamaban a sus actores Hipócritas, es decir los que hacían de otro y la palabra ha caído en una cierta vergüenza inmerecida. Sincero sería el antónimo de hipócrita y por extensión el apelativo que podríamos asignar a quién se muestra tal y como es.

A pesar del buenismo me temo que la mayoría actuamos con la mejor destreza posible, aunque para no pontificar, solamente afirmo que  creo que mi dosis de Margarita Xirgu es alta. Porque si pienso en mí no sé cuando soy más sincero, cuando, como suele ser a menudo, me muestro taciturno, silencioso, irritable o cuando disfruto de la complicidad del humor ágil, de mi pareja de baile con las palabras. ¿Quién soy yo?

Caminando por  Santiago, con el lejano sonido de un nefasto gaitero, he rumiado sobre mi condición, en lo que seguro que aparenta un deseo de respuesta existencial y que no es sino tiempo libre y soledad.

Soy un hipócrita con un vehemente deseo de Óscar.