Kenia

Conocí Kenia en el año 1984 y tuve la ocasión de recorrer desde Nairobi toda su parte noroccidental hasta el lago Victoria. Nunca he visto un paisaje más hermoso si descuento la vista desde Posets.

Entonces se jactaba Daniel Arap Moi quien sucedió a Kamau wa Ngengi más conocido como Jomo Kennyatta de presidir un país democrático en el centro de África, quizá el único, estable y reconocido. La verdad era que el país aun siendo cierto que gozaba de un régimen de ciertas garantías democráticas, padecía una desigualdad endémica, una pobreza lacerante, una violencia evidente y tenía entre sus penosos logros el ser el prostíbulo infantil de los turistas sexuales europeos. La política keniata nunca se ha podido librar del fuerte componente cultural de rivalidad entre los grupos kikuyus, luos o kalenjines o los Masais, jamás representados en las altas jerarquías.

Ahora se debaten entre la miseria y el desencanto de ver como las elecciones reeligen a otro kikuyu con más oscuridad que nunca. Las últimas elecciones han sido un despropósito de mafias y muertos y nos vuelven a mostrar un continente incapaz de enderezar el rumbo.