Volviendo de la compra

Durante toda la mañana estuvo preocupado con no olvidar la lista que Lucrecia le había dado para cuando estuviera en el centro. Era una hoja de papel, arrancada de un cuaderno de notas de esos con cuadrados grandes, en la que ella con su letra de colegio de monjas había escrito muy pulcramente: Recoger los zapatos- comprar algo para la comida del domingo ¿Acelgas?- algo tachado que podría ser sobre cremalleras- y un número de teléfono que seguramente era de su hermana en Bogotá, por la cantidad de ceros y números que tenía.

La había dejado en la cocina en el sitio que ocupaba cada mañana para desayunar su café solo y Tomás la puso en el bolsillo de la chaqueta junto a las lleves del coche. Ahora parecía irónico, en medio del tiroteo, que su cabeza volara hasta la nota aquella y que recordara vivamente que que en vez de acelgas había decidido comprar unas espinacas para hacerlas a la catalana con piñones. Desde que recibió el disparo en el hombro y se refugió tras la camioneta con su magnum en la izquierda, atento a los rebotes, no hizo otra cosa que pensar paso a paso la receta:

Poner las pasas en remojo.

Quitar los rabos a las espinacas y lavarlas en agua fría abundante.

Escurrir y escaldar brevemente en una olla con agua hirviendo.

En una cazuela, sofreír la cebolla y los ajos bien picaditos.

Cuando empiecen a estar blandos, añadir el pimiento un par de minutos.

A continuación, añadir el tomate troceado en daditos y el perejil picado. Salpimentar y cocinar unos minutos más.

Añadir las espinacas a la cazuela, los piñones y las pasas.

Añadir un vasito de agua para terminar la cocción de las espinacas y que quede un poco caldoso.

En la fuente en la que se vaya a servir, colocar rebanadas finitas de pan tostado en el fondo.

Ir pasando las espinacas a la fuente, con su caldo, y colocándolas sobre el pan.

Después de repasar mentalmente la receta varias veces y como notaba que la sangre brotaba abundante por el hombro, le dio por reirse acordándose de Luis, el capitán, que siempre le decía que la vida del agente secreto no podía ser normal, como la de cualquiera. Eso depende, Luis, eso depende de cada uno -le contestaba como una letanía-.

Luis tenía razón, así que cuando el «moreno» se puso a tiro, Tomás no falló y el disparo le reventó el parietal. Ya podía centrarse en las espinacas.