Una ruta manchega

Recorro la mancha, de Madrid hasta Albacete, voy recordando a María y el atascaburras, pero no es época, veo modernos campos de colectores solares entre los trigales secos ya segados; la tecnología pugna por aprovechar el sol de manera distinta. La ciudad está alegre, calurosa y tiene un aire de actividad que no recordaba. Para comer unos ahumados que están simplemente aceptables y un entrecôte que a falta de ossobuco, está realmente tierno y bien cocinado, le acompaña medio tomate y unas pocas patatas asadas. Dos cervezas frías, muy frías y un maitre que está atento y resulta amable hacen del local «il Forno» en la calle Caba, algo grande para mí, un sitio recomendable y más si el gusto es de pizzas o pastas.

A la salida de la ciudad paso por la estación de autobuses, vetusta, como cansada y que conocí en su esplendor el año que la estrenaron, de camino a Alicante en busca de una mujer; el resto de la ruta es silenciosa, cansina, entre campos bastante yermos y caserones que aparecen medio abandonados.

La Mancha de nuevo se desparrama entre decenas de nuevos molinos que ventean y giran lentamente. ¡No son gigantes! o sí.