Hospitalidad

No siempre es fácil invitar a alguien. A veces se toma el brazo por la mano, abusa, se come tus mejores bocados, se sienta en el sillón que tiene tu horma, usa tus zapatillas, cambia aquellas pequeñas cosas apenas imperceptibles que en el fondo dan cuerpo a tu hogar. Con todo no es lo peor, lo peor es que se muestra ufano en tu puerta y saluda a los vecinos cuando pasan y pone flores chillonas en los balcones donde nunca antes hubo sino alfeizar mondo y lirondo y te pinta la fachada de verde pistacho. Al final los vecinos se sorprenden y al pasar cuchichean entre ellos: ¿No vivía ahí ese hombre tan serio y circunspecto que apenas saludaba? y se encogen de hombros pensando en lo que la gente cambia.

La hospitalidad es un riesgo, un riesgo que ya no sé si me gusta correr.