La semana santa

La semana santa en la Vila Joiosa es, por suerte, como en gran parte del país, una pantomima, una pantomima que termina con el himno nacional y que por lo tanto me aleja, si cabe, un paso más de mis vecinos. Mereció la pena conocer las casas pintadas de su barrio antiguo, ahora conservadas, habitadas por los gitanos que se quedaron donde nadie quería -mejor los pisos nuevos- y que han desterrado la droga del barrio y ahora viven en ese terreno entre la calle y las casas, bullicioso, moreno y repleto de niños. La iglesia evangélica que los acoge no se manifiesta. Allí en medio Jamie y su familia disfrutan de una casa notable, a medio camino entre lo interesante y la carga y en estas se debaten ellos sobre si venderla o arrendarla con vistas a subir hacia Cabuérniga donde el verde y las montañas les tientan. Jamie va para concejal y yo espero que lo consiga y que inyecte esa rebeldía que traspasa todas sus acciones. Nos hacen falta radicales como él a quienes estamos refugiados en un cinismo algo pasivo.

A la vuelta, con el ansia de ver a los amigos, la sierra de Aitana espléndida, solitaria y apetecible, luego la cita en casa con la infancia y los recuerdos pero sobre todo con el presente, lo trabajos, el día a día de cada uno de nosotros, en la industria, en la universidad, en la administración, en los museos, en la sanidad, en el comercio. Una revisión sucinta sobre las vidas de quienes estimamos, una foto rápida de lo que nos va a pasar, casi aunque no lo queramos.