Lecturas

Acabo de terminar la novela de Cercas «La velocidad de la luz» que me recomendó Pedro y que yo os recomiendo a vosotros. Me ha gustado, no tanto como a Pedro, pero creo que su lectura es entretenida, el estilo es fantástico y salvo dos o tres lagunas farragosas en las que a mi modo de ver cae, tieno otros momentos brillantes, fantásticos, emotivos.

Dice la contraportada que es un libro contra la guerra y que habla de la amistad. No lo creo, a mi me parece un libro sobre la literatura, sobre el efecto sanador de las palabras y de las historias, sobre la capacidad de cambiar el presente y el pasado escribiendo; esta última idea me cautivó, el pasado como algo vivo que reescribimos constantemente.

Ahora me dedico a leer «Hizbulah. El brazo armado de Dios», de Javier Martín (editorial catarata) y una vez más me doy cuenta de la cantidad de basura informativa que nos tragamos y de hasta que punto desconocemos el mundo que nos rodea.

Por segunda vez en unos días he perdido mi comienzo del libro. Mi ordenador ha decidido volver a morir, después de haber salido del coma. Esta vez es definitivo y he tenido que pasar de lo blando a lo duro y los arreglos han necesitado de destornillador y alicate. A la tercera va la vencida, pero ahora estoy tentado de empezar a escribir en cuartillas pautadas y guardas las hojas en una bonita carpeta de cartón azul, perfectamente numeradas y espero que entonces una ráfaga de viento las haga volar sobre un precioso lago donde una portuguesa hermosa nade para recogerlas como en la película Love Actually. No será tanto ni tan bello, pero espero al menos que lo siguiente que escriba tenga una muerte algo más honrosa que la de convertirse en bytes perdidos en un disco incapaz de reconocerse a si mismo. Es dificil. Mi letra es tan abigarrada que dificilmente la entiendo ni yo.

Estoy cansado y cuando me canso me vuelvo cínico y desagradable así que estos días no escribiré para evitar un mal comienzo.

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