Las doce y diez

Me contaba Manolo Blanco el otro día que el lo que estaba buscando es tiempo; estuve de acuerdo, aunque después he seguido pensando sobre esto y he tenido dudas. Tiempo ¿para qué? Él lleva desde febrero del año ya pasado pensando sobre esto, liberado del trabajo que es uno de los comedores de tiempo más voraces. Suerte de la que disfruta. Yo sigo rumiando el sentido de la vida en medio de un montón de tiempo que me proporcionan mis vacaciones.


Jamie me envía un email en el que me comunica que la candidata del PP en Soto del Real es Encarnación Rivero, con la que tanto me he peleado. El eterno alcalde, José Luis, pasa a mejor vida política y deja sus grandes promesas de la legislatura sin cumplir y como buen conservador, una gestión económica lamentable que abarca un agujero de dimensiones estratosféricas. Encarna, que es como se la conoce aquí, no será una buena alcaldesa si lo consigue ser, y no lo digo esto por simple diferencia ideológica, me refiero a su carácter.


Maite me envía un mensaje en el que me describe una confluencia de esas que gustan a los amantes del reloj universal. Vuelta en el coche sin rumbo fijo, equivocaciones y finalmente encuentros con amigos del pasado que tampoco deberían estar ahí. Y todo empezó por un reloj que siempre marcaba las doce y diez en la casa de Solana donde pasamos el fin de año. Luego el reloj de la plaza con la misma hora y ese cosquilleo cuando las casualidades tienen regusto extraño. Risas sobre el motor de curvatura de Star Trek y otra vez el tiempo como motivo de cavilación, esta vez el tiempo detenido en un pueblo semiabandonado.»Hemos de acostumbrarnos a sus ausencias porque no tenemos el valor de ausentarnos de nuestras costumbres» Me lo envía Mavi de buena mañana y me espeta sobre mi opinión y el tiempo se hace presente de pronto, de nuevo, obligándome a darle vueltas en el sentido de las agujas del reloj. Más me parece que la cobardía tiene que ver con romper las cadenas, pero es verdad que estas se han hecho de costumbres, de cotidianeidad, de aceptar como valor, lo que se coló como rutina y que al romperlas siempre hay dolor en alguien.


Tiempo muerto