Virginia

Virginia es amiga mía. Trabajaba en una pequeña compañía de seguros que fue comprada por otra que ha sido comprada por otra, en esta carrera por comerse al pez chico, que tienen las multinacionales de lo que sea. Virgina lleva un montón de años en esa empresa y aunque no la he visto trabajar, conociéndola, yo creo que dejando mes a mes su plusvalía en manos del capital. Ya sé, ya sé que esto suena antiguo, pero no se me ocurre como mejor explicarlo. En la última compra, la nueva empresa ha ido trasladando a los empleados o tendiéndoles puentes de plata hacia el paro. A ella ni lo uno ni lo otro. Virginia está trabajando entre cajas de mudanzas, sola en su despacho, con la sensación de que algún día cerrarán la puerta y la olvidarán dentro. A Virginia nadie le dice nada mientras la empresa se vacía y el polvo se adueña de las mesas. Virginia es para mi la fragilidad. Así la recuerdo, así la sueño y así la veo y me la imagino sola, triste y maltratada por unos empresarios que hacen gala de una inhumanidad merecedora de un castigo ejemplar. Por eso cuando Virginia me cuenta lo que le pasa se le saltan las lágrimas y a mi se me cierra el puño.