Huevos fritos con patatas a la importancia

Hola, me han dicho que has vuelto de Rusia.

Si, hace un par de días. Pensaba haberte llamado.

Bueno, me he adelantado, espero que no te importe. Me ha podido la ansiedad de oír tu voz de nuevo.

No sé

¿Qué es lo que no sabes?

No sé si emocionarme o asustarme. Mi voz.

No solo tu voz, tengo tu olor en mi cabeza desde la última vez.

¿Sigues ahí?

Si, si, perdona, me he quedado noqueado.

Me debes una invitación.

Es verdad y ya se lo que voy a cocinar.

No es importante. Cualquier cosa seguro que sirve si la haces tu.

No lo creo.

Hazme caso, yo solamente quiero acariciar tu cabeza cuando la pones en mi regazo.

El martes a mediodía te espero.

No faltaré.

Nada más colgar el teléfono Román empezó a notar como su cabeza empezaba a girar sin control, la receta de las patatas a la importancia se hacía con todo el espacio y se repetía como una letanía, como un mantra sexual y sin querer empezó a cocinar en su mente; Las patatas cortadas en rodajas anchas, casi de un dedo para luego salarlas y rebozarlas con huevo y harina. La imagen de una sartén amplia y bien llena de aceite se aparecía entre el resto de las preocupaciones diarias y en ella las patatas rebozadas se iban dorando muy lentamente. Pensó en los huevos fritos y recordó la frase que Miranda dijo la primera vez que los comió: «Me gusta sobre todo el pan para rebañar, sacia los sentidos.» Ese era el objetivo, colmar, rebosar, llenar el vaso del placer hasta el borde. Vueltas y vueltas, las imágenes de las patatas bien doradas y retiradas en una besuguera amplia donde solamente había una capa empezaba a tomar cuerpo. Solo faltaba dorar una cebolla muy despacito en el aceite y añadirle un majado de ajo con unas hebras de azafrán y una cucharada de harina y una vez trabado, pasar todo por un colador y cubrir las patatas de la besuguera con el caldo para que cuezan media hora por lo menos.
Por fin se pudo dormir, eran más de las cuatro de la madrugada y en la mesa de su imaginación se podían ver dos platos grandes, cada uno de ellos con un par de huevos fritos, ligeramente dorados y de yemas deseando reventar, acompañados de unas exquisitas patatas rebozadas que desprendían un olor a azafrán imposible de resistir. El buen sexo estaba garantizado.

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