La madeja de la vida

El juez Garzón me tiene frito. Ayer por su culpa no llegué a mi casa hasta cerca de la una de la madrugada y eso que ya el día había sido largo de por sí.

A las 8 de la mañana salida dirección Bilbao en medio de un diluvio que paró para cambiarse por día espléndido en cuanto pasamos Nanclares. Visita a los jesuitas de Indautxu (Una manzana entera de edificio con más de 3000 alumnos, en pleno centro de Bilbao) y posterior a la universidad de Deusto. Comida en un hotel que desmiente el tópico de lo bien que se come en Euskadi y vuelta pal foro. Los últimos 200 Km en medio de un vendaval de agua.

El mundo al revés, un norte templado y seco y una meseta enfangada y pingando.

Cuando ya estoy absolutamente tirado en mi sofá, esperando mi ración de consumo televisivo y atento a los resultados de los demócratas américanos suena el teléfono y oigo la voz de un antiguo enemigo político de los Verdes que me dice: «te extrañará mi llamada», coño, pues sí, la verdad, pero en estas épocas preelectorales uno se espera cualquier cosa.

«Te tengo que pedir un favor, dos amigos mios, uno de ellos abogado y el otro un concejal de Los Verdes de Melilla están en la puerta de la prisión de Soto del Real sin posibilidad de ir a ningún sitio»

«A las once y media de la noche, ¿no tienen coche?»

No, han llamado a un taxi pero dicen que no van a la cárcel. Yo estoy enfermo en Madrid y no puedo hacer nada por ellos. ¿Me puedes ayudar?

En este momento me acuerdo de los insultos que me dirigió y me parece un momento estupendo para crecer y agigantarme.

Si, claro, ya les recogo y les llevo a algún sitio.

Muchas gracias.

No hay porqué darlas.

Como estoy en pijama y no tengo muchas ganas de cambios y suponiendo una faena de aliño, me pongo encima un «chandar», me calzo, cojo un gorro y una chaqueta con capucha, me despido de mi mujer que me mira con ojos estupefactos y me voy a por estos dos pobres, no sin antes indicarles que no se muevan, que lo que hay alrededor de la cárcel son toros bravos.

Diluvia y apenas veo por la carretera durante los 4 o 5 Km que tengo que recorrer para llegar al penal. Aprovecho para recapacitar y pienso que no hice bien en no vestirme, que estas cosas se lían y ya verás como termino haciendo el ridículo.

Llego a la puerta de la cárcel y se me acerca un hombre de mediana estatura, pelo rizado y aspecto andaluz o quizá árabe, empapado aunque cubierto por un paraguas me pregunta: ¿Paco Molinero? Si, respondo y se presenta. Me agradece la visita y la ayuda y me presenta a sus dos amigos (la cuenta aumenta, ya son tres). Llueve tanto que decidimos meternos en el coche. Nos saludamos y me agradecen mil veces más el rescate. Sus nombres son árabes y me explican que están esperando la salida de un amigo. Que le han dado el auto de libertad y que les han prometido su salida en 10 minutos.

¿Leva mucho tiempo?

No, desde el viernes, le encarceló Garzón en medio de una redada antiterrorismo islámico.

¿Y?

Que le suelta ahora porque no hay nada contra él (posteriormente me entero que le suelta bajo fianza). Disculpas y a casa, eso sí despues de sacarte de tu domicilio, de tu ciudad, encarcelarte tres días….

Como me temía la cosa se complica. Yo estoy en pijama, aunque no se nota, ellos hablan en árabe entre sí mezclado con español, el abogado a mi lado me relata lo que piensa de Garzón y coincidimos, hace una llamada a un funcionario de prisiones y este le dice que la cosa va bien, pero que esperemos. Son las doce menos veinte y se queja de que la orden de libertad hay que cumplirla en el día. Me pregunta o simplemente se lamenta: esto es denunciable, ¿no? Reparto tabaco y me cuentan que llevan tres horas bajo la lluvia. Están indignados, uno dice, esta zona es muy bonita, asiento y apostillo, cuando es de día y no llueve, nos reimos, saco unos cigarros e intercambiamos confidencias, yo fui concejal de este pueblo, yo estaba en el PCE, al final el mundo se retuerce para darnos argumentos sobre las proximidades las casualidades, las coincidencias los lugares comunes y mientras, por la puerta sale un muchacho con una pequeña bolsa de basura en la mano. Me recuerda a mi mismo saliendo de Ceuta cuando el ejército español me liberó de mi encierro legal y tengo la sensación de que la vida me ofrece la cruz de aquella historia. Se abrazan, salam m’alekum, el muchacho me mira y me agradece con un apretón de manos que estuviera aquí. Le preguntan por el trato, ¿te han pegado?, No, pero no me han dejado dormir, cada media hora un policía me visitaba. Claro, para derrumbarte dice el abogado. ¿Porqué han tardado tanto en liberarte? Garzón se olvidó de firmar el auto de libertad, y se lo han tenido que llevar a casa (¡Qué descuido de este juez tan importante!).

Por un momento la escena me parece producto del cansancio del viaje, un sueño, pero la lluvia es real, los cinco en el coche estamos viviéndola y lo que oigo es lo que os cuento.

Los móviles empiezan a echar humo llamando a familiares y amigos. Ya está, ya está libre. Alí se lamenta, «todo esto por conocer a quien no debía».

Les acerco a Tres Cantos y les dejo en un taxi. Sos más de las doce y esa misma noche Alí partirá hacia Málaga y luego en avión a Melilla, uno de ellos se quita un pin de Los Verdes de Melilla y me lo regala, no tiene otra cosa, yo arranco el coche y me vuelvo a casa, triste, satisfecho e indignado. La radio me cuenta que el partido del Levante contra el Atlético de Madrid se ha suspendido y yo me acuesto pensando como puede cambiar todo de repente sin que podamos hacer nada.

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