La huida

Recordamos aquello que tiene interés para nosotros. Somos selectivos por necesidad pero lo cierto es que todos los datos permanecen en nuestro cerebro casi siempre correctamente almacenados esperando esa utilidad. A veces una imagen hace saltar los códigos y hasta los olores se sienten de nuevo, por alguna razón revivimos esos datos y lo hacemos en forma de sensaciones, de sentimientos.

Soy una persona de las que se calfican de desmemoriada, de hecho me cuesta recordar los nombres de las personas que se me presentan en las reuniones sociales o laborales así que he aprendido que lo que realmente me pasa es que me interesan poco. Sin embargo si he ido a un sitio lo reconozco, se volver, lo ubico en mi gps mental, lo almaceno rodeado de la luz, la temperatura y sobre todo las sensaciones que tuve al visitarlo por primera vez. Recuerdo con una vividez asombrosa los sitios y sobre todos las situaciones en las que las personas con quien estaba produjeron en mi sentimientos fuertes, amor, odio. No guardo recuerdos en el sentido físico, no tengo cartas, ni regalos que me hicieran, no conservo los juguetes con los que crecí, como si fuera un indio norteamericano de aquellos de las películas del oeste de por la tarde tengo la sensación de haber pasado mi vida borrando el rastro tras de mi para no ser encontrado. Esa es la sensación de huir y los fugitivos no pueden viajar con maletas, tienen que reconstruir su vida en otra parte, en otra ciudad, cambiar de nombre, de pasado, de historia y eso requiere que los rastros sean borrados concienzudamente.

Solo me queda en mi cabeza la historia fotografiada, oida, tocada. Está intacta. Es íntima y tiene enlazada en la cuerda una a una las cuentas del collar de una historia. Hace tiempo que no borro el rastro, ahora solo espero a que mis perseguidores den conmigo.