Judo

Cuando era un muchacho practiqué durante algunos años judo. Entonces era un deporte exótico y poco practicado y en mi barrio cayó un reputado profesor que consiguió convencer al colegio de que se instalara en los sótanos un enorme tatami. Dejamos entonces de jugar al fútbol con una pelota de tenis en aquellos sótanos, para practicar un «arte marcial». Hasta entonces Marcial Lalanda era el único que sabíamos con arte, así que la cosa prometía. EL primer día todos con nuestros kimonos nuevos y un cinturón blanco que nos distinguía como pardillos en el susodicho arte. Con el paso de los meses, los años, aquel cinturón se iba tornando amarillo, verde, azul, marrón y definitivamente negro. Luego descubrimos que más allá del negro, los maestros tenían toda una graduación de su sabiduría y aún después, los más leidos, aprendimos que en su japón natal lo de los cinturones de colores ni existe, que tal invento era un truco para camelar a los occidentales e incitarles a la práctica del judo en pequeñas etapas y así evitar la frustración que nos suponía el tardar varios años en ser considerados judokas. Oriente se doblaba como espiga al viento y aceptaba graduar el esfuerzo para hacerlo asumible a los occidentales.
Han pasado muchos años desde aquello. Ahora inclusive los cinturones son blanco-amarillos, troceando la ansiedad lo más posible y yo he aprendido un poco a ser más paciente y sobre todo a trazar cinturones de colores imaginarios cuando el tedio del trabajo me ataca desde las nueve de la mañana
Trinidad Jiménez va a ser nombrada subsecretaria de algo y con ese nombramiento el PSOE hace hueco para su candidato-a a la alcaldía de Madrid. El tablero del ajedrez político se mueve, y para llegar al jaque mate hay que empezar moviendo peones. Maragall mientras anda como esposa despechada hablando mal de casi todo. Al final cargará la pala de basura y la tirará al aire, hasta que le caiga encima.