Extremadura

Hoy tarde en el hospital escuchando atentamente como son las fiestas de Almendralejo. Me gusta escuchar a la gente, siempre me ha gustado y casi todo lo que sé lo he oído, no lo he leído. Mientras escuchaba recordaba mi primer trabajo como ayudante de auditor en Almendralejo con Vicente de la Parra (padre) en un trabajo para la BNP, las cenas en el casino con sopa de tomate y solomillo, las ancas de rana. Extremadura se me abrió de par en par y la conversación con Vicente siempre era de provecho.
Las horas tediosas de la habitación pasan y pienso en la foto que me envía Jesús de un niño poéticamente fuerte. Jesús se siente identificado en esas costillas bajo el pecho, yo me recuerdo frente al camión con el que mi jefe me pretendió atropellar cuando defendía el piquete de huelga a la salida de las cocheras, allá por los ochenta en Carabanchel alto.
Siempre hay algo romántico, admirable cuando el débil no se somete, se enfrenta y entonces se agiganta y crece hasta convertirse en un gigante poéticamente fuerte.
Leo que hay peleas entre Italia y Francia por comandar los cascos azules en el Líbano. Desconfío y mientras veo imágenes de la guerrilla Tamil en Sri Lanka y caigo en la cuenta una vez más que esta nave está incendiada por los cuatro costados y que vivo en una isla paradisíaca al norte de Madrid. Al final de la tarde un correo de Maite que se une al grupo de los jóvenes reencontrados. Maite era una mujer muy curiosa, siempre sonriente, alegre y bien dispuesta cuando se trataba del sexo. Cuenta que tiene tres niños y está divorciada, o separada, o yo que sé. A ver si tengo ocasión de charlar con ella y revivir aquellos días de vino y rosas.