García Montes

Leo en el periódico que el abogado defensor de Hamed Abderrahaman Ahmed (injustamente denominado Talibán español) es García Montes. Hamed Abderrahaman es ceutí, ciudad a la que prometí no volver cuando salí escopetado del regimiento mixto de artillería nº 30 donde hice la mili y recibí las consoladoras visitas de mi amigo Ojanguren legionario por aquellos días y proveedor de fantásticas botellas de wisky donde ahogar todo un domingo de miseria y soledad. Ceuta es una evocación, pero de lo que yo quería hablaros es de García Montes y de cuando le conocí en los juzgados de Plaza de Castilla.
No recuerdo el año, pero si recuerdo que yo había desplegado toda una batalla política y mediática contra el recién estrenado programa de Telecino «Gran hermano» lo que me llevó a aparecer en la revista Interviú junto a una de las concursantes que resultó ser prostituta o algo similar. Mi argumento era la irregularidad urbanística cometida y el trasfondo era que el programa de marras era una basura infumable. No conseguí que se dejara de emitir el programa aunque estuve a punto, pero una de las secuelas fue que un vecino nos escribió un fax al ayuntamiento a todos los concejales diciendo que éramos unos chorizos en el mejor de los casos.
Yo recibí el fax e inmediatamente llamé a este hombre para encararme con él. Después de la pelea que había tenido, amenazas incluidas, ahora no tenía porqué aguantar que me insultaran via fax. Este hombre se extrañó de mi llamada y me pidió disculpas argumentando que el lo que denunciaba era que el Alcalde y los del PP eran unos sinverguenzas, yo le sugerí que si quería decir eso que lo dijera y que no hiciera causa general contra todos porque se te quitaban las ganas de hacer política. Dimos por zanjado el asunto y yo publiqué su denuncia en mi página web.
Al poco y a instancias de un concejal del PSOE tuvimos una reunión en el ayuntamiento para ver si ejercíamos acciones legales contra este hombre y yo me desmarqué absolutamente de todo. El resto, PP, PSOE e independientes se querellaron contra este pobre hombre por calumnias y no sé cuantas cosas más y le reclamaron cada uno de ellos 40 millones de pesetas de indemnización. ¡Qué locura!.
EL procesó siguió y después de una instrucción lamentable por parte de la jueza de Colmenar Viejo a la que le tuve que recriminar en su momento su falta de celo procesal terminó en una vista oral en la que estábamos citados todos los concejales. Yo como testigo de la defensa y el resto como acusadores. Nunca he disfrutado más que ese día prestando declaración. La fiscal preguntó un par de tonterías y contesté, pero el abogado defensor, García Montes, se dió cuenta de que mi testimonio era una mina y me dio una tras otra entrada para que explicara lo que pasaba en el ayuntamiento. La jueza, seria, miraba a los acusadores con cara de quererles asesinar y yo mientras relataba todas las fechorías que me conocía para regocijo del respetable.
Terminaba la vista cuando la jueza le da la palabra al acusado y este empieza a entonar un grandilocuente discurso sobre la libertad y la constitución que es cortado de raíz por la magistrada aconsejando a García Montes que a su vez le aconseje a su defendido que se calle no sea que cambie de opinión sobre lo que evidentemente había decidido hace horas.
Salimos al pasillo y allí aislado del resto de mis compañeros concejales que me miraban de mala manera caminaba lentamente cuando García Montes se me acercó y me dijo: «Si todos los concejales fueran tan serios y honestos como tú este país sería distinto». Era una exageración agradecida por mi intervención en favor de su cliente, pero en medio de aquella soledad fue el halago mejor recibido de mi vida política.
El vecino fue exculpado, los concejales del PSOE aprendieron a no tener malas compañias y yo aumenté mi cuenta de agravios contra la derecha de mi pueblo que aun me persigue.


Sabemos los nombres de los jueces que meten etarras en la cárcel, pero no sale la de los que condenaron a Hamid a la cárcel con pruebas sacadas a base de torturas. Me siento en peligro