Un día tórrido

Obamb era un hombre curtido, posiblemente mayor de 30 años y había visto otras veces este calor, por eso en cuclillas, con sus brazos abrazando sus piernas y una varita de cedro entre sus manos dejaba que sus ojos se perdieran más allá de las montañas y sonreia como si no pasase nada. Para los jóvenes y los niños la situación era agobiante, reunidos todos bajo el árbol de las historias apenas podían moverse sin perder el aliento y le miraban esperando cualquier signo que les permitiera saber algo del futuro
Las mujeres pergeñaban en sus cabañas lo mínimo para comer y procuraban que los recién nacidos no tuvieran que sufrir el aliento del infierno en su cuerpo. Hacía un calor verdaderamente insoportable.
Obamb pensaba en Alia, en su cuerpo oscuro, delgado y hermoso y en que quizá esta noche no quisiera demostrarle su amor. Sin decir nada movió su cabeza de un lado al otro sumido en sus pensamientos, contrariado y todos interpretaron que la situación era verdaderamente difícil, pero Obamb solo pensaba en que debería esperar para amar a su gacela.