La Tejera Negra

Ahora sabemos que la vida no tiene sentido, antes eran ignorantes de esta máxima. Ahora sabemos que lo que hagamos no tiene un porqué ni una razón detrás y ni mucho menos tiene la previsión de un premio o un castigo, así que ya no tenemos justificación. Antes eran ignorantes y creían que los animales estaban puestos ahí con una finalidad. Ahora sabemos que nuestras obras responden solamente ante nuestro juicio íntimo y que este es tan subjetivo y voluble que nos puede juzgar inocentes o culpables con apenas 1 ppm de adrenalina en sangre, más o menos. Antes eran ignorantes sobre porqué las cosas ocurrían para mayor desgracia de la mayoría. Ahora sabemos que que no hay un hilo conductor de la historia y que esta zigzaguea y se retuerce y se repite por mucho que la conozcamos y que las escriben los vencedores y que estos siempre son los mismos lo sus hijos o los hijos de puta de sus hijos, por lo que nos llega sospechosamente clara. Antes no sabían casi nada de todo esto y por eso vivían con una cierta paz interior, ahora nos vamos acostumbrando a guardar el equilibrio con respecto al vacío, agarrados a nuestro propio delantal y solo nos redime la música y no siempre.

No es fácil mantener un debate sobre cualquiera que sea el tema propuesto. Hoy he repetido un experimento que hace tiempo hice en una lista de correo enviando un mensaje que supusiera una cierta trasgresión de la norma no escrita pero compartida. Las primeras reacciones son más hacia mí que hacia la idea. No se discute lo que es paradigma del grupo y que en cierta forma no requiere demostración pues es esencia; se discute al heterodoxo, se le afea la conducta, se le tacha de incoherente y sin embargo parece que sería más sencillo refutar el argumento que a la persona. Seguramente no puede ser de otra manera, aunque a veces da que pensar esta forma tan curiosa de debatir.


Fin de semana en el hayedo de la Tejera Negra en la provincia de Guadalajara junto a la de Madrid y apenas a unos metros de la de Segovia. La verdad es que el lugar es impresionante aunque su nombre me parece algo pomposo pues el número de hayas es tan pequeño que se podrían contar con pocos dedos y su tamaño apenas pasa, salvo honrosas excepciones, de la de jóvenes ejemplares. Es igual, el lugar merece la visita y yo la hice en compañía de Luis y Virgina con los que, parafraseando el poeta, tanto quería y aunque la ruta apenas dura un par de horas (tres en la guia oficial, lo que engorda tu ego al final de la jornada) se pasa del valle a la loma del cordal y para una persona con exceso de peso como yo, solo una compañía tan grata y tan cercana pudo hacer posible el milagro de que el infarto no apareciera. Me gustó llegar a los prados de arriba y fotografiarme con personas a las que quiero y sentirme cansado y resoplar y sonreir y disfrutar.

Se me olvidaba, no llegan buenas noticias del recuento electoral en Méjico. Por ahora solo soplos pero hablan de pucherazo. Para los interesados: noticia en Redverde