Un viaje ocasional

Es muy posible que todo o parte del mundo del esoterismo se demuestre algun día como realidad tangible. Yo soy escéptico, no digo ateo, más bien como me enseñó Tierno Galván soy agnóstico para estas cosas, así que no ando preocupado con ellas ni me atormenta si la balanza de la verdad se inclinará por unas o por otras, lo que no me impide de vez en cuando saltar la línea del materialismo militante y encomendarme a brujas y meigas «no sea que..» y esto es lo que hice este fin de semana participando con amigos en un curioso ritual en la playa aprovechando la noche anterior al solsticio de verano.
A la española, es decir con mucha comida y aun más bebida, a las doce en punto hora local la inmesa mayoría de los congregados en la playa, de espaldas mojamos nuestros pies enunciando mentalmente un deseo. Yo no recuerdo el mio, lo digo de verdad aunque conociéndome como me conozco, seguro que incluia algún matiz sexual, o nin siquiera pedí nada, con esa dosis exagerada que tengo de creencia en mi mala estrella. Después saltos a las brasas, más alcohol, y los primeros decubrimientos de gente sobre la que merecería la pena pararse y conocer y según las horas se abrían camino, la playa poco a poco dejaba su arena a disposición de los últimos, los resistentes, que allí y entonces, fuimos Jesús, Curro y yo mismo en un intento etílico de entender el país en el que vivimos y ya de paso de apañarlo si quiera para hacerlo habitable. Al final, con el sol crujiendo desde el levante se nos acercó Mari Paz, con más alcohol de lo debido y contando una historia trágica de quien anclado en ideas antiguas y poco amables para con los demás, siente que el mundo gira a la contra y no como siempre había sido. Le dije a Mari Paz que era albañil y no se lo creyó, ella me dijo que era periodista y no me lo creí, así que los dos incrédulos discrepamos sobre casi todo.
Hecha la buena acción del día, oir al que necesita ser escuchado, volví a mi casa de fortuna, de amanecida, con ese ruido de fondo que deja el ron en la cabeza.