Hospitalidad

Entre mis antiguos compañeros de aventuras juveniles se generado una cierta controversia en la lista de correo sobre las edades, las preeminencias, la historia y en fin las heridas del pasado que vuelven.
Pienso que es un problema de hospitalidad y nada mejor que este cuento para reflexionar sobre algunas de las cosas que nos pasan.

EL UROBOROS

Se ponía el sol detrás del minarete cuando se me acecó uyn viejo y aseguró:
– Cuando vuelva, le gustará más.

Ante mi silencio, el hombre se quitó el turbante para volver a enredárselo, sus ojos grandes me interrogaban mientras decía:

– Hubo en esta misma ciudad, cuando por el nombre de Alah rezaban Sevilla y Granada, Estambul o Delhi, un sultán en cuya fastuosa corte sobresalían dos visires.

El primero, Mehmet, de baja estatura, menudo, solía vestirse con las sedas de la China. Su andar era lento y seguro pues sabía que nada es tan contrario a la distinción como el ruido y la precipitación. El segundo visir se llamaba Yusuf y prefería los finos algodones egipcios para arropar su bien desarrollada corpulencia. Solía terminar su arreglo con un turbante naranja en el que encajaba un broche de diamantes y perlas que envidiaba el propio sultán.

Cuando los dos visires coincidían en las fiestas de la corte, la comparación era inevitable. Había quién prefería la rigurosa y pausada elegancia del primero al brillo espiritual del segundo. Si uno era profundo, el otro era gracioso, si uno era barroco, el otro era sencillo y clásico, pero no cabía la menor duda de que ambos, tanto el uno como el otro, eran los más inteligentes, refinados y cultos, los más exquisitos, en suma los más elegantes de aquellos tiempos. Y me atrevería a afirmar que de todos los tiempos porque el arte, la música, la poesía y quizá hasta la misma inteligencia de tan remotas épocas no han vuelto, vea usted lo que somos, recuerde lo que éramos, sentenció el hombre que se calló un momento para cortar una rama de jazmín con gesto tan regio como el de sus más nobles antepasados; sus ademanes amplios movían los harapos que lo cubrían como si fuesen capas purpúreas. Olió la flor y prosiguió:

– No es fácil aceptar la igualdad de dos seres que, aunque diferentes, brillan del mismo modo. En ocasiones parecía que era el primer visir el más erudito y que sus respuestas eran las más agudas. Otros días la habilidad del segundo visir era la que resplandecía y por ello la corte y el pueblo entero, desconcertados, querían, necesitaban que se designara al que tenían que aplaudir más. Y como las aves que al atardecer se guarecen en el mismo árbol, los habitantes de Bagdad resolvieron, uno tras otro, dirigirse al palacio y remitirse al sultán que, acostumbrado a enjuiciar sabría distinguir, por su experiencia, cual era el visir más exquisito.

– ¡Qué difícil es juzgar a los semejantes!, reflexionó el hombre, pero el sultán, vanidoso al fin y al cabo, también deseaba brillar. Quería, y bien claro lo tenía, acordándose del juicio de Salomón, probar su sabiduría en tan espinoso problema. Al fondo, en un salón dorado en el que no había muebles, ni alfombras, ni colgaduras, sólo almohadones bordados con hilo de oro, en armonía con los estucos y con las maderas labradas, el sultán oía, paciente, a sus súbditos abogar por uno u otro de los visires. El poderoso soberano estaba recostado y sus ricas ropas de brocado rojo y negro resaltaban la desnudez de los esclavos que lo rodeaban, unos abanicándolo, otros trayendo dulces o sirviendo licores ambarinos tan encendidos como los mismos rubíes. Una música tenue acompañaba el deambular de tanta servidumbre que más parecía bailar placenteramente que cumplir con un oficio.

– En el mundo de Alah, la palmera crece más que la higuera y ésta más que el clavel, así, hay hombres más altos que otros. En vuestra corte, caid de los creyentes, el sultán es el más grande, el más alto, el único y los esclavos los más bajos. Sin embargo, aun entre los esclavos que son tantos, no hay dos iguales. El orden natural de las cosas debe respetarse y por ello hace falta distinguir entre Mehmet y Yusuf, aparentemente de igual preparación, inteligencia y exquisitez.

– Difícil tarea me imponéis, le repetía una y otra vez a sus súbditos el poderoso monarca, sólo Alah, el único, el más grande, es justo y espero que su nombre cien veces santo me inspire.

El narrador me guiñó un ojo como para señalar cuán hipócrita y calculadores deben ser los gobernantes y prosiguió:

El sultán entonces miró al techo un momento mientras el gentío repetía:

– Santo, santo es su nombre.

Y hablando bajo, muy bajo, como inspirado por alguna fuerza sobrenatural descubrió su plan:

– Son los dos visires iguales, es cierto, pero diferirán si cada uno de ellos nos convida. ¡Qué cada uno organice un banquete! Será éste un ejercicio impuesto con el que podremos compararlos y juzgarlos, uno tras otro. Los manjares que elijan, los palacios que usen, en suma el arte de recibir a sus semejantes será lo que demuestre su generosidad y su refinamiento. Y… ¿qué mejor prueba de inteligencia que el comportamiento hacia los huéspedes? ¿Qué puede revelar mejor la calidad intrínseca de una persona si no es el sentido de la hospitalidad? Y si hay una virtud musulmana es justamente la hospitalidad, la practicamos todos, la vida en el desierto nos lo ha enseñado… En la hospitalidad hay confianza que es el fundamento de la amistad verdadera, con la hospitalidad se corresponden favores. Finalmente, signo de inteligencia es compartir… Y después de las fiestas, juzgaréis vosotros mismos.

– Oh señor con cuánta sabiduría habláis y por lo mismo no creemos ser dignos de tan difícil tarea. Debéis ser vos, os lo rogamos, quien decida después de las pruebas cuál de los dos cortesanos es el más grande.

Sonrió el sultán, no pudo evitarlo, y con agrado aceptó la proposición, sería él el juez. Al instante salieron los heraldos anunciando el concurso. A los visires se les avisó simultáneamente y ambos acogieron la propuesta con satisfacción. Fue Mehmet, el primer visir, el que decidió poner manos a la obra de inmediato.

En el palacio de las ajaracas de Bagdad, el de las almenas rojas, el de los muros altos y rosados, en aquél que ocupó el insigne Ibn Al Rashid, empezaron los preparativos. Acudieron contramaestres, albañiles y yeseros. Las calles anchas de la ciudad se poblaron de mesas sobre las que los planos y los dibujos ondeaban al sol, mal sujetos por un par de piedras. Las carretillas, los martillos, las tenazas y las sierras invadían los terregales impulsados por vida propia arrastrando a los obreros en un alboroto infernal. Unos contaban, otros explicaban y algunos se quejaban en una algarabía incontenible. El visir, serio y decidido, ordenaba.

Los muros se cubrieron rápidamente de rebuscados azulejos turcos, de mosaicos dorados de Meneses y de lajas enteras de mármoles cuyos blandos colores realzaban las suaves caligrafías otomanas. Se pregonaba la grandeza de Alah en un friso que sirvió también para soportar siete artesonados que de tan calados, complicados y sutiles parecían transparentes, tal y como son los siete cielos que conoció el profeta.

Cuando, por fin, los suelos brillaron más que los espejos, cuando los patios quedaron rodeados por pequeñas columnas agrupadas de dos en dos, cuando los gráciles arcos de herradura se cerraron sobre el azul del cielo, volaron, sacudidas por las manos tersas de los esclavos, las alfombras de Persia, cayeron encima los cojines de seda bordada. Grandes jarrones, algunos provenientes de la China, cuya porcelana coloreaba los reflejos de las luces dispuestas en abundancia, decoraban las hornacinas. Era un juego de cascadas de luz que competía con las del agua de las fuentes cuyo canto prodigaba tanto reposo como frescura. El visir ordenó que, además, corriera un torrente inagotable por las acequias de los jardines, agua bruta que, como diamantes, se pulía en las pilas de granito de las fuentes. De allí, el líquido se derramaba sobre animales esculpidos en basalto, fantásticos como los que pueblan los sueños de los niños. Cuando la luz del sol moría y las estrellas se adueñaban del cielo, el agua fresca se plateaba pasando de los cálidos dorados del atardecer al azogue del espejo. Fue en una noche de luna llena cuando el palacio quedó dispuesto.

El pueblo que contemplaba el despliegue de riqueza habría podido intentar apoderarse del botín, se habría podido sentir sojuzgado y lo que es peor aún más desgraciado ante tal abundancia, pero en Bagdad no hubo más que admiración y asombro. Pudo más la curiosidad que la envidia o que la miseria.

¡La pobreza, esa pobreza de siempre y que tanto daño le hace al corazón del hombre!, exclamó el narrador que se quedó mirando un instante sus harapos y continuó:

Empezaron a hervir los jugos y las salsas más de una semana antes de que llegaran los convidados que eran sólo unos cuantos. Cada uno de ellos representaba las distintas artes y ciencias entonces conocidas. Presidían el banquete, por su rango, el sultán y el otro visir, el segundo. Mehmet ordenó que se distribuyeran con pausada ceremonia las golosinas y los platos preparados según lo dictan las más estrictas reglas de la cocina oriental. Sabores amargos como el de las naranjas que se cultivan en Sevilla se entrelazaban con el perfume de las especias. El azafrán coloreaba el arroz, y la canela y las pasas le daban sabor, para acompañar con gracia la carne de cordero cocinada entre verduras y frutas secas o sencillamente asada en un fuego de romero y de maderas olorosas.

Los comensales alargaban la mano derecha para apoderarse de los manjares que saboreaban y que apreciaban en su justo valor. Comprobaban satisfechos cómo el gusto sutil de la albahaca venía antes que el de los cominos o el de la menta. Al principio se analizaba y se discutía con sabios conceptos y comparaciones la exquisitez de lo que estaban compartiendo, pero rápidamente, los invitados se dejaron llevar tanto por los olores como por las sensaciones, la conversación y la agradable compañía, por la belleza de bailarinas y sirvientes y por la música insidiosa.

El sol se asomaba al horizonte y ya el muecín llamaba a la oración cuando los amigos se despedían acompañados aún por los hermosos jóvenes. No había duda, la recepción había sido la mejor a la que habían asistido. Es más nunca en Bagdad se había dado una fiesta en la que la abundancia no fuese ofensiva, en la que el decorado, el servicio, las vituallas así como los invitados hubiesen conseguido tal equilibrio, tal armonía.

Naturalmente, antes de que terminara la prueba ya se propagaba el rumor de que el primer visir, Mehmet, el de los coloridos anillos, el que se vestía con sedas chinas, era el vencedor. ¡Tanta cortesía era insuperable!

Sin embargo el sultán no quiso terminar así el concurso. Aunque no fuese más que para respetar las formas el segundo visir, Yusuf, debía competir. Ordenó entonces el regreso al orden inicial. Se destruyeron las ollas que habían servido para preparar tanto manjar. No fue fácil arrancar los azulejos y borrar las inscripciones. Del mismo modo los artesonados del techo, los jardines y las fuentes cayeron bajo los golpes de las palas y de los picos. Triste fue que murieran una vez cumplido con su cometido los dieciséis hermosos sirvientes, ellos y ellas acabaron sus vidas bajo la cimitarra del verdugo. El palacio recobró lo que ahora pareció un esplendor superable y, como si nada hubiese ocurrido, como si se hubiera borrado el tiempo, se le dio la orden al segundo visir, el del broche de diamantes, de organizar su fiesta.

La primera decisión del contrincante de Mehmet, muy acertada según los chismosos de la corte, fue elegir el mismo palacio que su predecesor, el de las ajaracas. Nada de raro había en ello pues seguía siendo el mejor de Bagdad. Otra vez hubo que contratar calculistas, ingenieros, decoradores, artesanos y un batallón de albañiles. Eran interminables las discusiones para lograr que los artesonados que eran varios y transparentes, no se derrumbaran. El visir, mientras tanto, escogía azulejos de Turquía, jarrones de la China y alfombras de Persia. Otra vez, se arremolinaba el pueblo en las calles aledañas mezclándose caóticamente con los proveedores y con los que sacaban el material de desecho. El polvo, formando nubes de talco fino, se depositaba en la ciudad como recordatorio constante de que el concurso aún no había terminado. Tantos inconvenientes se acogieron con menos gusto que la primera vez. El pueblo de Bagdad ya había visto llegar gacelas al palacio y también habían traído gente hermosa. Tampoco era nueva la compra de especias e ingredientes, de vinos y de licores de todo el mundo. Que las fuentes cantaran con la misma agua prístina que en la primera ocasión sólo se vio como un buen hábito recobrado. Y por ello, los partidarios del segundo visir se quejaban de que las fiestas no hubiesen sido simultáneas ya que el visir Mehmet había tenido el privilegio de la iniciativa.

Aquí el mendigo que me contaba la historia suspiró y como para sí mismo murmuró: signo de inteligencia es hacer de la desventaja un triunfo y prosiguió.

Pasó el tiempo, y Yusuf estuvo en condiciones de recibir al sultán. Los invitados eran los mismos que en la primera fiesta. Sin ponerse de acuerdo y para no favorecer a ninguno de los visires con una apariencia distinta vestían las ropas que habían estrenado para Mehmet. Las mujeres se habían envuelto en las mismas sedas y presumían las mismas joyas, igual lo hicieron ellos. Todos juntos entraron en el palacio con gran curiosidad. ¿Qué podría haber imaginado el segundo visir para pretender, como lo había dicho, igualar al primero?

Al principio, la decepción fue inevitable. Allí estaban los siete cielos, idénticos a los que había construido el primer visir. Los arcones y los cofres eran iguales a los que Mehmet había conseguido, músicos y bailarines repetían las actuaciones de entonces. Los criados eran dieciséis, como hermanos gemelos de los que habían servido la primera vez.

El sultán miró de lado y con suspicacia a Yusuf que, muy afable, recibía a los invitados. Superado el primer desconcierto, los huéspedes se acercaban con discreción a las paredes para examinar los azulejos y comprobar que ciertamente eran turcos e idénticos a los de la primera fiesta. Las mujeres rozaban con los dedos las finas telas de las cortinas y de los toldos. Al convencerse de que la reproducción era perfecta, vino la sospecha. ¿Se trataba de una broma? ¡Yusuf, sin duda, tenía sentido del humor! El primer visir intentó una frase exploratoria que su contrincante rebatió suavemente mientras los platos así como los sabores y los olores se sucedían en un orden ya conocido.

Inicialmente, el sabio análisis de sensaciones fue sustituido por una ola de decepción, pues ya se sabe, filosofó el mendigo, que una esperanza traicionada envenena la capacidad de disfrutar. El hombre que trituraba entre sus manos una flor ya sin olor prosiguió:

Como los manjares y el arreglo de la casa resultaron una reproducción tan fiel de la primera fiesta, los comensales olvidaron rápidamente sus expectativas. La algarabía del refinamiento compartido no sólo revivió el ambiente de cordialidad y de felicidad de aquel festejo sino que quizás lo superó porque el terreno era ya conocido. Los visires brillaban ambos en todo su esplendor pues hay en la vida, continuó mi interlocutor, gente que se especializa en querer, otros en hacerse querer, unos son buenos para leer y otros para ser leídos, unos destacan hablando y otros oyendo. Únicamente los dos visires reunían la doble condición de ser capaces de atender así como de dejarse consentir. Tanto disfrutaban el uno como el otro ofreciendo o saboreando manjares, preguntando y explicando como aprendiendo y oyendo. El primer visir fue un cortesano despierto. Ágil y divertido, tanto como lo había sido el segundo en su fiesta. Cuando el muecín llamaba a la oración los invitados salieron acompañados por los sirvientes.

Apenas terminada la fiesta, se destruyó nuevamente cuanto se había creado y el palacio de las ajaracas lució como en el pasado. Sólo entonces el sultán, a petición de los nobles cortesanos, se pronunció y decidió juzgar.

El pueblo entero supo entonces que el sultán, sin el menor atisbo de duda había dicho:

– Ha vencido Yusuf, el segundo visir. Es él sin discusión el más sutil, el más refinado, el más exquisito, el más inteligente de los dos.

En el silencio subsecuente a tal sentencia, un atrevido, escudándose en el anonimato de la multitud, gritó:

– ¿Y eso por qué?

El sultán, que estaba a punto de retirarse, se acordó una vez más de Salomón y tuvo a bien explicar su decisión. El mendigo movió la cabeza como si condenara el exceso de autoridad del gobernante o por lo menos eso me pareció.

– El primer visir, dijo el sultán, nos recibió como nunca se había hecho en Bagdad, no hay quién lo discuta. Fue inteligente, fue osado y generoso; brilló como lo esperábamos. Consiguió crear algo que no existía y que no había existido nunca y su originalidad e inventiva supieron asombrarnos, nos cautivaron en una red de sensaciones nuevas.

En cambio, el segundo visir no inventó, es cierto. Su creación, porque creación hubo, fue la de reproducir exactamente algo que ya había sido, lo que ya habíamos vivido. Tuvo que limitarse y ceñirse a un modelo, tuvo que tirar de las riendas de la imaginación para recrear. Y, porque en tal reproducción tuvo buen éxito, volvimos todos a vivir lo que hace tiempo nos encantó, lo que ya habíamos casi olvidado. Volvieron los sabores, los olores, la música, todas las sensaciones que tanto hemos alabado. Los meses parecieron no haber transcurrido y esta es justamente la hazaña del segundo visir. Supo doblegar al enemigo supremo, al tiempo que nubla nuestras vidas con un humo denso que poco a poco nos conduce a la muerte. En suma, logró que la serpiente se mordiera la cola y que volviésemos al día de la primera fiesta.

Terminada su narración, el mendigo se quedó callado, era ya de noche, y se despidió mirándome con sus melancólicos ojos color aceituna:

– Creo señor que si vuelve, le gustará más este horizonte, volverá a vivir lo que casi había olvidado…

No quise explicarle que era mi segunda visita en un intento por revivir recuerdos de juventud y que esta vez la serpiente no se había mordido la cola porque yo ya no era el mismo. El tiempo a veces es una vara tan rígida que por mucho que se intente doblegarla se quiebra llevándose la memoria.