Volverse a ver no es gran cosa

Al fin y al cabo, volverse a ver no es gran cosa, o al principio eso es lo que nos parece. Luego, llegado el momento te das cuenta de que no, de que hay algo más que resulta verdaderamente agradable.
La cita por segundo año se concitó en las praderas del valle de los pinares llanos, justo donde Guadarrama es en parte Madrid y en parte Ávila y los que no se perdieron, los afortunados que viajaron por la cuerda desde el alto del los Leones, por la cabeza Lijar, pudieron ver algunas de las casamatas que sirvieron de refugio a los combatientes de la guerra civil, en este frente inmóvil, que lo fue.
Un lugar fractal, entre el centro y la periferia, donde hace años muchos adolescentes y los menos, jóvenes, ya disfrutamos los unos de los otros.
El día empezó luminoso y fresco y la pradera seguía casi idéntica a como la vivimos. Luego las primeras incorporaciones, los abrazos, los besos emocionados y las miradas diagnósticas, pero sobre todo y en general, la sensación de cariño. Faltaron muchos, vinieron nuevos y las capas de la edad se reprodujeron aunque ya un año no sea relevante pasados tantos. Junto a los actores principales algunos hijos, la mayoría sorprendidos por ver a sus padres retroceder sin pudor en la máquina del tiempo, también compañeros y compañeras, maridos y esposas, un paso atrás casi siempre. El campamento es el reencuentro cabría decir en esta ocasión; un reencuentro exprés, casi sin tiempo salvo para sentir un reencuentro poderoso, conmovedor en el sentido más íntimo de la palabra, un reencuentro excitante y a veces incluso decepcionante. Nosotros mismos frente a nosotros. Luego la comida, el alcohol, la charla, las risas, muchas risas.
Es algo curisoso esto del tiempo y los recuerdos, claro que más curioso es cómo reaccionamos a su paso, o a su encuentro como hicimos el sábado. La historia que se ha vivido en común no se interrumpe y la línea del tiempo transcurre sin nosotros de forma que cuando nos encontramos, el tic tac se pone en marcha como si nada y de pronto seguimos conectados.
Es verdad, volverse a ver no es gran cosa si no fuera porque retomamos el hilo de nuestro tiempo de nuevo, el que creíamos perdido porque otros hilos habían tejido nuestro presente y retomamos un hilo más suave, mas condescendiente con los demás, inclusive con nosotros.
Volverse a ver no es gran cosa si no fuera porque se eriza la piel.