Ensalada de pimientos rojos

Una buena ensalada de pimientos rojos es muy sencilla de hacer, si bien hay que tener la paciencia suficiente para conseguir que salgan bien.
Lo primero es asar unos buenos pimientos rojos, cuanto más grandes mejor, en el horno, a 150 ºC, hasta que estén dorados en la piel, blandos y su aroma sea como el de la huerta al atardecer.
Pelados y cortados en tiras lo más largas posible se reservan para el asalto final.
En una sartén pequeña ponemos aceite de oliva y unos dientes de ajo pelados y cortados en rodajas no muy finas. El aceite no debe calentarse demasiado, y las obleas de ajo se irán dorando hasta encontrar un color ocre momento en el cual las sacamos y las ponemos a secar para que queden crujientes. En ese mismo aceite y como previamente habremos cortados unos dados de pan, freiremos estos dados con mucho cuidado de que no se nos quemen. Igual, los retiramos y les dejamos secar. En ese mismo aceite que sigue pacientemente en la sartén, saltearemos unos piñones, brevemente y los reservamos.
Esta fase suele requerir mucho mimo y atención por lo que yo en este momento, pasado el mal rato me suelo abrir un bote de cerveza, no frío, ¡helado! y me lo tomo a gañote.
Tenemos, pues, unos pimientos rojos, asados y cortados en largas tiras, unas escamas de ajo tostadas, picatostes y piñones crujientes. Ha llegado el momento, terminamos la cerveza, colamos el aceite para que no queden restos del pan y una vez caliente ponemos en la sartén las tiras de pimientos y las salamos generosamente. Con cuidado y una cuchara de madera moveremos suavemente los pimientos mientras se fríen en la esencia de aceite que hemos conseguido y un momento antes de que estén totalmente fritos echaremos un buen chorreón de vinagre de módena en la sartén y terminaremos la fritura en una mezcla que más parece cocción que otra cosa.
La suerte está echada. Tomamos una bandeja si es posible cuadrada, si es posible plana y con todo el mimo que nuestras manos den, colocamos las tiras de pimientos estirados como si quisieran volver a ser uno; normalmente no hace falta rociarlos con el jugo de la sartén pero esto queda la gusto de cada uno, colocamos encima las escamas de ajo, los picatostes y el toque de los piñones.
Ahora un buen vermouth rojo y a deleitarse, si están bien hechos, la sensación será untuosa, ligeramente ácida y el tacto en la lengua carnoso. Como cualquier placer del espíritu, compartirlos es lo verdaderamente sublime.

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