Wounded Knee Creek

Estos días y a colación del comunicado de ETA he mantenido un debate con mis amigos sobre si existen los pueblos como sujetos de derecho y cosas de ese jaez. La cuestión es que me he acordado y utilizado en el debate de la odisea de los indios americanos tantas veces mal retratada en las películas americanas y como quizá muchos nunca hayáis tenido a mano la verdadera historia os traigo este pequeño relato de José Carlos García Fajardo:»Enterrad mi corazón en Rodilla Herida» es el título de un hermoso libro de Dee Brown, escrito en 1970, y en el que se cuenta la muerte de un sueño. Lo que murió en Rodilla Herida, en 1890, fue la esperanza de una nación que padeció un infierno sin poder contemplar el triunfo de la justicia. Como ahora padecen los pueblos objeto de la rapiña de la potencia hegemónica de EUUU. El Nuevo Mundo americano, alabado como el país de la libertad, la prosperidad y la felicidad, se construyó sobre una montaña de miseria, sangre, lágrimas y promesas rotas que claman al cielo.No es difícil en nuestros días reconocer un destino similar para pequeños países que tienen la desdicha de no estar al nivel de la potencia hegemónica. Es bueno no olvidarnos de la aniquilación de los pueblos indios de norteamérica ante el conquistador que les prometiera tratados de «paz y de seguridad». La soberanía nacional de los nativos americanos fue violada en nombre de la civilización, la evangelización y la seguridad para poder desarrollar el comercio. Tengamos presente que a los nativos de norteamérica no les fue reconocida la ciudadanía de EEUU hasta 1924. Esos pueblos indígenas han permanecido como comunidades rotas a consecuencia del holocausto genocida al que fueron sometidos. Y que espera la reparación debida, como otros pueblos la tuvieron por su Holocausto. Ésa es la realidad sangrante que permanece en el imaginario del pueblo estadounidense, que sólo consideraba bueno al indio muerto. Esa fantasía puebla su inconsciente colectivo realzado por sus escritores y sobre todo por el cine y la televisión que presentaban a los indios como presas a eliminar en sus propias tierras, que el hombre blanco necesitaba para establecer la nueva sociedad en la patria prometida. Y se reproduce en los misiles Tomahawk, helicópteros Apache o Black Hawk pero sobre todo en el infame Séptimo de Caballería.Catorce años después de la derrota del general Custer, en Little Big Horn, la situación de los indios había empeorado de forma dramática. El alcoholismo, la viruela – que llegó a las reservas en las mantas infectadas suministradas por el Ejército – y la falta de alimentos causaron bajas incalculables entre la población india.

Toro Sentado fue asesinado por la policía que controlaba las reservas el 15 de diciembre de 1890. Caballo Loco había sido asesinado en 1877 y Jerónimo, el legendario Apache, moría destruido por el alcohol.

Los indios Sioux habían sido desalojados de sus tierras ancestrales en Powder River y en las Montañas Negras por los blancos buscadores de oro. Trasladados a una reserva de 35.000 millas cuadradas, estas tierras también fueron ambicionadas por los blancos utilizando toda clase de extorsiones y de crímenes. Como el jefe Toro Sentado no quisiera firmar el acta de cesión de las tierras, el general Crook recibió la orden, en 1888, que si los indios no querían venderlas, éstas podían serles arrebatadas y los indios dispersados. El jefe indio fue asesinado por la policía.

Entonces, el jefe Pié Grande, uno de los líderes lakota, anciano y enfermo de pulmonía, encabezó una marcha de 350 personas, sobre todo mujeres y niños, hacia la reserva de Pine Ridge buscando el amparo del Jefe Nube Roja. El carromato de Pié grande enarbolaba bandera blanca.

Acampados en Rodilla Herida, (Wounded Knee Creek) bajo una tremenda tempestad de nieve, al amanecer del día 29 de diciembre de 1890, se presentó el Séptimo de Caballería al mando del coronel James Forsyth. Los despojaron de sus armas blancas, los desnudaron en el frío y los conminaron a entregarse para ser trasladados a la prisión de Omaha.Pero el coronel ordenó colocar cuatro cañones Hotchkiss apuntando al campamento y los 500 soldados del infame Séptimo de Caballería comenzaron a disparar a mansalva sobre los desarmados indígenas al grito de «¡Acordaos de Little Big Horn, y del general Custer!». A los tres días, fueron enterrados en una fosa común más de 300 cadáveres, en su mayoría mujeres y niños, que yacían sobre la nieve.

Obviamente, las autoridades de Washington declararon que los soldados del Séptimo de Caballería «habían respondido al fuego de los indios en legítima defensa», a pesar de que no tenían armas. Y concedieron a sus oficiales 20 medallas del Congreso al valor por este genocidio y holocausto en nombre de unos supremos valores que acompañaban al hombre blanco. …»

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